
Critiquen mis preferencias personales, pero a mi siempre me gustaron mucho más los Super héroes que surgen por intención que los que emergen por situación. Me refiero a aquellos como Bruce Wayne (Batman), cuya transformación de tipo común a Cruzado Enmascarado es un acto de elección y no el resultado de una mutación genética, la mordida de una araña, o una lluvia de meteoritos radiactivos. Aquellos quienes debajo de corazas metálicas, capas y mallas, permanecen ordinarios huesos y tendones.
Tony Stark, el héroe poco común de los comics de Iron Man, co-creado por Stan Lee, Larry Lieber, Don Heck y Jack Kirby, es toda una creación. Un genio inventor y heredero de un imperio de fabricación de armas, Stark inicialmente concibe su alter ego en un acto de auto preservación, usando una armadura con cohetes para poder escapar de los tipos malos que lo secuestran durante unas pruebas en las Industrias Stark. No tan solo un producto de la política externa del momento, Stark aparece por primera vez en historietas en Marzo de 1963, a tiempo para enfrentar el avance de la Amenaza Roja en el Sudeste de Asia. En la versión fílmica del 2008 de Iron Man, dirigida por Jon Favreau, Stark se encuentra en problemas con insurgentes Afganos llamados los Diez Anillos quienes, en una maravillosa ironía de esta era Taliban, vienen armados con máquinas compradas en el mercado negro, provenientes de las mismísimas Industrias Stark.
Donde Lee y sus colaboradores basaron a Stark en parte en Howard Hughes, la versión siglo 21 encarnada por Robert Downey Jr. es más un Mark Cuban o un Richard Branson — un tecnócrata bien arreglado y bronceado cuya actitud dice que mientras el mercado suba y le estemos rompiendo el trasero al enemigo, no importa demasiado los medios utilizados para lograrlo. Pero Stark pronto tiene su merecido en una cueva en medio del desierto donde — con su corazón con una esquirla incrustada permanece latiendo gracias a un electro magneto, mientras que el jefe del clan de los Diez Anillos le demanda la construcción de una bomba inteligente - se dá cuenta que tal vez las Armas de Destrucción Masiva no son la gran cosa. No es que la subsecuente desición de Stark de desmantelar el multimillonario negocio de la familia, le caiga bien a los directores de la empresa ni a su viejo socio, Obadiah Sane (Jeff Bridges).
A pesar de ser más conocido por escribir y co-estelarizar la famosa "Swingers" (1996), Favreau afiló sus uñas directoriales con un par de ricas e imaginativas películas, "Elf" y "Zathura". Si este Iron Man nunca asciende al nivel de esplendor de "Gran Producto" es porque Favreau prefiere lo hecho a mano en vez de lo prefabricado, actuar en sets en vez de fondos de computadora. Este es un gran ejemplo de fantasía de historieta. Ojo, hay un montón de efectos en CGI, pero Favreau lo usa, en su mayor parte para resaltar y no suplantar la dimensión física del film. De hecho, el primer endo esqueleto de Stark, un Iron Man de chatarra, se parece al hijo natural del hombre de hojalata con el Klaatu de "El día que paralizaron la Tierra" y se mueve con el ritmo pausado de los robots animados del primer film de RoboCop.
Cuando Stark regresa a su mansión/laboratorio en Malibu — una especie de Baticueva bajo el sol y las olas — para peefeccionar su prototipo, es cuando Favreau nos brinda una clase de comedia digna de los comienzos de Blake Edwards. Y Downey es — como en todo el resto del film — un placer de verlo aquí, su cuerpo una especie de gelatina tratando de acostumbrarse a sus nuevos pies y manos propulsados por jets, su cara un caleidoscopio de alegría y de terror. Es como un niño andando en bicicleta sin ayuda por primera vez, pero también un hombre resuelto a hacer algo de importancia en su vida. Más de una vez en Iron Man, se tiene la sensación que el actor haya visto en Tony Stark, un vehículo serio-cómico para mostrar su propia rehabilitación pública.
La película — y esto es un cumplido para Favreau y los cuatro escritores acreditados (que incluyen al equipo de Mark Fergus y Hawk Ostby de "Children of Men") — usa la mayor parte de una hora para arrancar realmente. En vez de cortar directamente a la acción, se toma el tiempo para envolvernos en los personajes, los cuales son relativamente tridimensionales dentro de lo que una peli de historietas brinda, y están encarnados por la clase de actores que saben como hacer mucho de muy poco. Como la chica de turno para Stark, tenemos a Pepper Potts, con una particularmente atractiva Gwyneth Paltrow, mientras que el siempre confiable Bridges invierte un brillo de conflictuada humanidad en un rol que trae el sello de "Villano" estampado en la frente. Incluso cuando el guión de Iron Man se inclina a lo convencional, la personalidad de la película se mantiene a flote.
Justo un año atrás para este mismo mes, otro blockbuster veraniego lleno de robots dándose golpes unos a otros en las calles de Los Angeles llegó a los cines entre los ruidos de los críticos, que sin importar lo que escribieran, la gente fue en tropel a verla de todas formas. Esa película fue "Transformers" — quizás oyeron de ella. Iron Man, también, es algo que la gente irá a ver más allá de lo que se escriba sobre ella, pero éste es el punto: Donde Michael Bay logró una clase de arte pop asaltando a los sentidos, Favreau es un relator de historias que atrapa la imaginación de la audiencia en vez de aplastarla en un tsunami de ruido digital. El nos brinda robots gigantes que nos interesan en lugar de unos que apenas podemos distinguir unos de otros. Y eso, me gustaría proponer, es la diferencia entre hacer imágenes y hacer películas.


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